Esa frase, tomada de un merengue popular de los años 80 en la República Dominicana, hoy no la traigo desde la música, sino desde la reflexión.No estoy cantando. Estoy pensando en la fragilidad de la vida.
Hace apenas unas horas, una joven, luego de una batalla legal para alcanzar un veredicto, obtuvo lo que consideró un triunfo: perder la vida como objetivo principal de su demanda.
Más allá del hecho en sí, lo que estremece es lo que revela: el profundo dolor humano que puede habitar en silencio, incluso cuando todo parece estar bajo control.Porque sí, la vida duele.
Y no necesariamente porque seamos inconformes con lo que nos ha tocado vivir, sino porque muchas veces carecemos de herramientas psicológicas que nos permitan sostenernos cuando aparecen esos “fantasmas” que, disfrazados de solución, nos inquietan y nos confunden. A eso le llamo salud mental: la capacidad de protegernos internamente cuando todo afuera parece desbordarse.
Hoy convivimos con personas que libran batallas internas sin armas visibles, sin escuderos, sin escenarios donde expresar lo que sienten. Son luchas silenciosas, profundas, que no siempre encuentran palabras, pero que sí encuentran consecuencias.No hablo solo desde el ejercicio profesional. Hablo desde la experiencia de vida.
madre criando dos hijos, estudiando y trabajando para garantizar su sustento y seguridad, en los que la idea de no continuar en ese camino pasó por mi mente más de una vez. No como una decisión, sino como un pensamiento que emerge cuando las fuerzas se agotan y el alma se siente sobrepasada.Y, sin embargo, aquí estoy.
Sostenida por la fe, por ese Ser Supremo que se manifiesta en los momentos más vulnerables, y también por la convicción de que la vida, aun en medio del dolor, merece ser acompañada, comprendida y sostenida.Por eso hoy levanto mi voz.
Como terapeuta familiar, como educadora, pero sobre todo como ser humano, hago un llamado urgente a despertar. A reconocer que, a nuestro alrededor, hay jóvenes, mujeres, hombres y hasta niños que en silencio consideran que dejar de existir es una salida.Y no lo es.
Es el reflejo de una humanidad que aún necesita aprender a mirar con más profundidad, a escuchar sin juzgar y a acompañar sin condiciones.La salud mental no puede seguir siendo un tema secundario. Necesitamos integrarla en la educación, en la familia, en los espacios laborales y en la vida cotidiana.
Necesitamos construir una cultura donde pedir ayuda no sea un acto de debilidad, sino de valentía.
Cuando la vida duele, no se necesita juicio; se necesita comprensión.No se necesita distancia; se necesita presencia.
No se necesita silencio; se necesita escucha.Que el amor de nuestros seres queridos, la empatía social y el acompañamiento oportuno se conviertan en la medicina que nos permita resistir, reconstruirnos y seguir.
Porque vivir, aun con dolor, sigue siendo una oportunidad que merece ser defendida.
Arelis García LópezTerapeuta Familiar y EducadoraCEO de Garlop Education World









